MUJER O ÁRBOL

CARLA SOUTO

21 de Julio al 7 de Octubre.

Ganadora VI beca puénting.

En colaboración con la facultad de bellas artes de Altea y el vicerrectorado de cultura y extensión universitaria de la UMH.

Ecosistema de retorno. Carla Souto.

Por Johanna Caplliure.

 

Los países occidentales sufrimos una importante desconexión con la naturaleza, con nuestras raíces y nuestra identidad. Hemos perdido nuestra fuerza como especie creyendo en la evolución y progreso, mientras que evitamos hibridarnos hacia algo superior: un encuentro valiente y fundente entre el ser humano y la naturaleza en todo su poder de revelación.

 

No parece extraño que la naturaleza nos tenga preparada una venganza lenta y violenta. Ni tampoco parece sorprendernos los cambios que hemos producido en esta era que hoy día todo el mundo llama del Antropoceno. Una época en la que los seres humanos tomaron la tierra para conquistarla con sus prácticas y formas de hacer sin aprender de los animales, las plantas y su ecosistema. Las investigaciones sobre el Antropoceno se encuentran entre los más importantes análisis sobre la historia terrestre afectada por la actividad humana; quizá, una historia sobre nuestro planeta más política que geológica. Pero que es capaz de arrojar nuevas luces sobre nuestra forma de vida actual.

 

 

Carla Souto (A Coruña,1994) desea vincular el anthropos a una vuelta al sistema natural explorando los afectos culturales y naturales que se producen entre el cuerpo humano y las plantas. Su proyecto se determina por una clara intencionalidad de retorno a los orígenes cósmicos “fussionels”. El cuerpo es su protagonista. Este provoca una serie de aspiraciones que trascienden lo meramente físico y se ofrecen en la forma de partes abstraídas de mujeres. Partes que pierden su forma de “cosa” en virtud de una ocupación de la naturaleza. Estas se abstraen sin renunciar a sus formas sensuales, redondeadas y sinuosas como los paisajes. Algunas de las piezas escultóricas remiten a llanos, otras a colinas; sin embargo, todas parecen permitir una reconciliación con las líneas de diseño primigenio: una ergonomía de la naturaleza. Puesto que el cuerpo es quien ahora se adapta a ella y no contrariamente. Y además, lo hace para que esta se sienta renacer en una nueva época -si no queremos denominarla ecológica, al menos deberíamos entenderla bajo una sensibilidad extendida a la totalidad de la existencia.

 

De hecho, las esculturas de Carla Souto permiten un acercamiento profundo a un misticismo cósmico que confluye en un todo. En este sentido, parece que las circunstancias en las que brotan los cuerpos-esculturas y la vegetación son el producto de una nueva ontología. Esta se apoyaría en una inspirada neo-religión donde nos sentiríamos parte de una comunidad en unión por unos intereses mayores. De hecho, desde Peter Sloterdijk hasta Emanuele Coccia, pasando por aquellos pensadores y artistas que analizan la producción de sentido del antropoceno, pareciera que todos idean vincularse con una instancia superior: una comunidad de desarrollo afectivo, economía en medios y estrategias de agenciamiento. Me refiero a las “esferas” (burbujas, globos y espumas) que planteó Sloterdijk o la “atmósfera” que Coccia analizó en su La vie des plantes. De hecho, “la vida de las plantas es una cosmogonía en acto, la génesis constante de nuestro cosmos”. Es una específica, pero importante concepción sobre cómo podemos entender cada acción o individualidad en relación con lo común y con lo universal. En el caso de Souto, esta trata de indicarnos como se produce esa vida compartida bajo una misma atmósfera: un jardín o un paisaje. Un ecosistema de retorno. Puesto que es el agua, la luz o el aire, elementos que plantas y humanos necesitamos para vivir. La atmósfera envuelve la idea de atravesar los cuerpos y atravesar el mundo. Por eso, somos hijos de una misma vida: la naturaleza, la madre, la mujer. Así, la artista gallega escoge el cuerpo de la mujer, normalmente asociado al feminismo esencialista, para desdoblarlo en estratos de tierra, posos de atmósfera, huecos en que repoblar plantas, flores o árboles. Y, desde estos, ver el proceso de transición hacia una naturaleza común.